Segundo Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba en Bilbao.
Del 26 al 28 de Enero. Canal Europa por Cuba.
Cuando en diciembre de 1511 Fray Antonio de Montesinos realizó su
valiente sermón en Santo Domingo (“[…] todos estáis en pecado mortal, y en él
vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes”[1])
desde la caridad y de la justicia, contribuyó a sentar las bases para un mayor
reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas en América y pagó con
su vida la denuncia de la esclavitud y las atrocidades cometidas en nombre de
la colonización. Sin detenerme ahora en la carga de violencia que acarreó este
periodo común a la historia de ambos continentes, pondero la relación ética que
nos une a Europa, a su humanismo y su ejemplo, a nombres como el de Fray
Bartolomé de Las Casas o Michel de Montaigne, opositor al saqueo de lo que se llamó el Nuevo
Mundo a la par de Montesquieu, que como Voltaire, fue un antiesclavista
militante que denunció la brutalidad de los europeos con los indios, el racismo
que justificaba la trata de negros y la
impiedad de quienes se hacían llamar cristianos.
Aquí vivió y estudió ese otro gran humanista que fue José Martí, aquí añoró su patria y
padeció por ella. Desde sus experiencias de exiliado extrajo parte de las
enseñanzas que lo llevaron a afianzar su convicción de la necesaria independencia
de Cuba, que nada debía esperar de la metrópoli española porque “sobre
cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios
de cordialidad y de paz”. (La República
española ante la Revolución cubana, 15 de febrero de 1873)[2].
Las tempranas lecturas que realizara de la obra de Víctor Hugo de la mano
de su maestro Rafael María de Mendive le acercaron a
su ética, a su apego por los pobres de la tierra, a su constante vigilia ante
los reclamos de la humanidad. Sabemos que el escritor más admirado y universal
de Francia ofreció su apoyo a los independentistas cubanos desde la primera
contienda, declarando a las mujeres de Cuba:
“La conciencia es la columna vertebral del alma; mientras la
conciencia sea recta, el alma está de pie; yo no tengo más que esa fuerza, pero
es suficiente. […]. Ninguna nación tiene derecho a asentar su garra sobre otra”[3].
Ese anhelo de justicia de Víctor Hugo por Cuba, en una de las primeras acciones
solidarias dirigidas a apoyar la guerra de independencia contra España, se hizo
cuerpo años más tarde en las acciones del Comité Francés de Cuba Libre
(1896-97), en la valentía de excomuneros como Charles Philibert Peissot en la
Toma de Las Tunas, en el trabajo de periodistas, de anarquistas y socialistas
galos durante la última guerra de independencia; cuajó igual en italianos y en polacos
como Carlos Roloff e incluso en españoles peninsulares que se unieron al
Ejército Libertador Cubano como también lo hizo desde América del Norte el estadounidense
Henry Reeve. James J. O’Kelly, un irlandés nacionalista que a principios de la
década de 1870 reportaba sobre la guerra de independencia de Cuba para el The New York Herald arriesgó su vida en su afán de revelar lo que sucedía en los campos cubanos
y los plasmó en su célebre libro La Tierra del
Mambí, publicado en Cuba en 1930 con una extensa
introducción biográfica que corrió a cargo de Don Fernando Ortiz.
No olvido aquí a los que durante el siglo XX, antes y después del triunfo
de la Revolución cubana de 1959 alzaron su voz y arriesgaron su vida por Cuba,
como el partisano Gino Doné en la expedición del Granma, a aquellos que
participaron en la reconstrucción del país después del triunfo revolucionario y
a quienes cuando más arreciaba el bloqueo a nuestra patria, participaron en brigadas
de ayuda, crearon asociaciones de solidaridad; muchos eran intelectuales,
científicos, obreros y sindicalistas, gente de bien que defendían y han
defendido con total desinterés y sin reparo alguno a nuestra patria desde aquel
entonces y hasta el presente. Para ellos va nuestra infinita gratitud.
Muchos cubanos dejaron igualmente sus vidas en los campos de la antigua
metrópoli defendiendo la Segunda República en contra el fascismo y fueron
mayoría en las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española; por
solo citar un ejemplo. Más recientemente, cuando la muerte parecía imponerse
durante la pandemia de COVID-19, las brigadas médicas cubanas salvaron vidas en
Italia y Andorra, desinteresadamente.
De estos y otros modelos de integridad, de solidaridad transcultural, de reconocimiento de la alteridad y de justicia universal se ha nutrido nuestra historia común. Cuba no sería Cuba sin ellos, sin su perenne relación amistosa y poética con los ideales de independencia, sin su deseo de adherir a nuestras causas. Esa es la savia de la que nos nutrimos, de esos paradigmas de generosidad y altruismo.
La solidaridad es una acción más que una definición, pero creo
necesario recordar que proviene de la raíz latina soliditas, “que expresa solidez, realidad homogénea de algo físicamente entero,
unido, compacto”[4].
Ese sentido metafórico recuerda la máxima martiana de hacer causa común con los
oprimidos o a su exhortación a “andar, en cuadro apretado, como la plata en las
raíces de los Andes” a los hombres y mujeres de América. He ahí la solidez a la
que aspiramos, es esa la unidad que creemos necesaria para ayudar a Cuba desde
cualquier parte del mundo. Y ese anhelo de unidad reúne como hoy aquí a los
cubanos que defienden su patria en este continente como a los nacidos en él.
La solidaridad es complementaria a la justicia. No puede entonces prescindir de ella ni puede haber unidad
entre solidarios donde no hay ética ni escasos valores. Cuando los poderosos y
sus aliados actúan con paternalismo en dirección de los más débiles, no cambian
las estructuras sociales ni políticas que originan las
desigualdades de los menos favorecidos. Es como ser vendedor de látigos y cepos
y ponerle luego curitas al esclavo. Esa no es la solidaridad que defendemos.
No podemos ser solidarios eficaces con Cuba sin considerar que esa entrega de sí para el otro solo es posible si se
da en igualdad de condiciones. Y ese
terreno desde la alteridad y para ella se gana con organización, fomentando
una cultura de la solidaridad, con alfabetización política.
La solidaridad con la mayor de las Antillas exige
responsabilidad y tomar partido para llevar a la práctica acciones conjuntas en
el sentido de la liberación del bloqueo económico,
comercial y financiero, hoy reforzado por 243 medidas desde la administración
Trump y de la eliminación definitiva de Cuba de una lista unilateral, supuesta
lista de patrocinadores del terrorismo.
Los problemas que enfrentamos en
Europa
La solidaridad en y desde Europa se ve impactada, por un lado, por
posiciones serviles de los adversarios de Cuba que van desde acciones violentas
pagadas por los fondos de la política imperial, hasta la desfachatez de exigir
el refuerzo del bloqueo en la Unión Europea, o el ataque judicial a compañeros,
solicitándoles multas descomunales y años de cárcel solo por el hecho de
defender a Cuba. Ninguno de ellos condena sin embargo la ilegalidad del
genocidio que es el bloqueo. Para eso y más encuentran apoyo en hordas
canallescas y multiformes, que cada día desplazan más el centro neurálgico de
la contrarrevolución miamense hacia la vieja Europa. Otros se afanan en
desideologizar una lucha eminentemente política, imponiendo sus métodos y fines
poco ortodoxos con un arsenal mediático bien estudiado y pretensiones que
podemos descifrar en su léxico huero y su actuar intimidatorio. La patria no es
fuero de nadie. Pero su independencia no es soluble en fórmulas de prestidigitadores.
Aquí no se libra una batalla entre solidaridad y argumentos de
plastilina de mercachifles a la moda. Aquí se trata de luchar con convicción
por la vida, por la paz, por el derecho de un pueblo a vivir que no lo pide de
rodillas, sino con su intransigencia y con las armas de la virtud ganada a
fuerza de siglos de lucha, de sus victorias morales como en Punta del Este, o
políticas y militares como las de Playa Girón, o contra el Apartheid, o bien
científica y en su ejemplo de tierra solidaria que no va por el mundo atacando
pueblos con bombas, sino brindando ayuda, paz y amor verdadero por la
Humanidad, siempre a contrapelo de los desmanes apocalípticos del imperialismo.
Desaprobamos como cubanos solidarios las mascaradas de quienes en busca
de métodos heredados de las « democracias » europeas, pretenden exigirle a Cuba
desde aquí derechos de voto, sin sopesar consecuencias. Huelga decir que hay
errores cuya magnitud en patria sitiada como la nuestra es un error, como
afirmó Martí, en la humanidad moderna.
La solidaridad, como la revolución « no se hace, sino que se organiza
».
Debemos lograr la creación de un comité de solidaridad de vanguardia,
que en su composición respete el equilibro de entre cubanos residentes
defensores de su patria y europeos solidarios, seleccionados todos
democráticamente en el seno de las asociaciones de solidaridad en de los veintiocho
países europeos, donde no escasean los cubanos celosos de la salvaguarda de su
independencia y de la obra de la Revolución.
Es necesario que esta solidaridad se ocupe, no solo de aliviar las
consecuencias del bloqueo, como bien se ha hecho y cuánto se agradece, sino que
debemos ir a sus causas, luchar por cambiar las estructuras legales que lo sostienen
y que le permiten a EEUU actuar en toda impunidad incluso en este continente,
donde nos alcanza a todos su extraterritorialidad.
Ese es uno de los principales retos, como lo es llevar adelante
eventos, charlas y audiochats para la alfabetización política de las nuevas
generaciones. Instruirnos, estudiar la realidad y el contexto político que nos
rodea, interrogar y dialogar con los pensadores del pasado de ambos
continentes, despertar a Lenin, a Marx, a Gramsci tan injusta y voluntariamente
relegados por las élites que prefieren eludirlos, ocultarlos a quienes sufren
hoy los mismos males de ayer por parte de las oligarquías. Volver sin cesar al
pensamiento universal y a esa mina sin acabamiento que es la obra de Martí, de
Mella, de Villena, de Pablo de la Torriente Brau, del Che, de Fidel. Y no
olvidar esa máxima de Lenin en el centenario de su muerte: “No hay teoría
revolucionaria sin práctica revolucionaria” y viceversa.
[1]
«[…] estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y
tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué
justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho
tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y
pacificas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos,
habéis consumido? ¿Cómo
los teneis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus
enfermedades, que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os
mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? CASAS,
B. de las. Historia de las Indias, ahora por primera vez dada a la luz por
el Marqués de la Fuensanta del Valle y D. José Sanchez Rayón. Madrid : M.
Ginesta, 1875-76. 5 vols. lib. 3, cap. 4
[2] Martí,
José, La República española ante la Revolución cubana, 15 de febrero de 1873 https://biblioteca.org.ar/libros/157524.pdf
[3]
Hauteville-House, 15 de enero de 1870 en REYES SANCHEZ, Ana María, «A las
mujeres de Cuba », citado en « Las cartas de Víctor Hugo a Cuba »,
Opus Habana, 26 de Febrero de 2010, http://www.opushabana.cu/index.php/articulos/28-articulos/2171-#:~:text=La%20conciencia%20es%20la%20columna,bien%20en%20dirigiros%20a%20m%C3%AD.
[4] Moënne B, Karla, El concepto de la solidaridad, Revista Chilena de Radiología. Vol. 16 Nº 2, año 2010. 51-51.

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